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-Con celular en mano, se zapatea, se improvisa y se baila la danza tradicional centenaria.
Staff/ El Mañana
Durante décadas, el Son Huasteco —también conocido como huapango— fue territorio de adultos en plazas y ferias. Hoy, en barrios y comunidades de la Huasteca potosina, la escena ha cambiado: adolescentes y jóvenes se han apropiado del género, lo estudian, lo bailan y lo proyectan en escenarios municipales, devolviéndole vigor a una tradición centenaria.
Sus raíces se hunden en el mestizaje colonial del noreste mexicano, donde confluyeron sones españoles, ritmos indígenas y aportes afrodescendientes. El formato clásico es el trío huasteco: violín melódico, jarana huasteca que marca el ritmo y quinta huapanguera que sostiene el bajo. Sobre esa base, las voces —a dos y hasta tres partes— despliegan rimas y falsetes que exigen técnica y potencia.





La improvisación es el corazón del Son Huasteco. En los versos se narran amores, paisajes, picardías y críticas sociales; el trovador responde al instante, reta y celebra. En la tarima, el zapateado dialoga con el violín: cada golpe es percusión y danza, cada giro una afirmación identitaria.
Si antes predominaban bailadores veteranos, hoy academias comunitarias y talleres culturales han formado nuevas generaciones. En ferias de municipios como Ciudad Valles, Tamazunchale, Xilitla y Axtla de Terrazas, los escenarios reúnen a tríos tradicionales y juveniles, mientras concursos de huapango premian la destreza del zapateado.
Lejos de diluirse, el Son Huasteco se renueva. La juventud no solo lo consume: lo fusiona con nuevas audiencias y lo defiende como patrimonio vivo. Entre cuerdas, coplas e improvisación, la Huasteca confirma que su música no envejece; se transforma y sigue sonando.
















