Ericka Segura.
Desde la Banqueta.
En una zona metropolitana donde el parque vehicular rebasa las 600 mil unidades y el aire comienza a sentirse más pesado que nunca, la movilidad dejó de ser un asunto de comodidad para convertirse en tema de salud pública. Óxidos de nitrógeno, dióxido de carbono y partículas suspendidas no distinguen fronteras municipales, pero sí evidencian quién está actuando y quién sigue atrapado en el anuncio.
Mientras la capital administra diagnósticos y promesas, Soledad de Graciano Sánchez decidió meter el acelerador. La apuesta por consolidar el Circuito Potosí como vía de tránsito continuo no es un capricho de concreto, es una estrategia para reducir tiempos muertos, combustión innecesaria y, con ello, emisiones concentradas. El puente de Valle de los Fantasmas ya es una realidad; el desnivel cercano a la Arena Potosí avanza, y se proyecta un tercer puente en Puerta Real con una inversión que oscila entre 250 y 350 millones de pesos. Menos embotellamiento, menos humo detenido, más fluidez para miles de trabajadores que cruzan a diario la zona metropolitana.
La lógica es simple pero contundente, cada minuto que un vehículo permanece estático es gasolina quemándose sin sentido. Despresurizar nodos viales no solo mejora traslados, también impacta en la calidad del aire. A la par, Soledad no evade el tema ambiental. Ya trabaja en la instalación de medidores propios de calidad del aire, en coordinación con Segam, y mantiene vigilancia sobre ladrilleras en Santo Tomás para evitar combustibles contaminantes. Reconocer el problema es el primer paso; atenderlo con acciones concretas es el segundo.
En contraste, el Ayuntamiento de la capital lleva más de dos años hablando de monitores vinculados a semáforos inteligentes. Sensores aislados, ampliaciones prometidas, tecnología por actualizar. La ciudad requiere más de cien puntos de monitoreo y apenas cuenta con una fracción. En infraestructura, la historia se repite, proyectos como el desnivel en El Saucito permanecen detenidos, mientras vialidades críticas como Salvador Nava siguen esperando soluciones de fondo.
Hoy la diferencia no está en el discurso ambiental, sino en la capacidad de ejecutar. Soledad construye, proyecta y acelera. La capital, en cambio, continúa atrapada entre estudios, advertencias y anuncios. Y en una metrópoli que respira con dificultad, la inacción también contamina.













