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Sosteniendo la Incertidumbre

Ana & Lisa

La incertidumbre es una de las experiencias más desafiantes para la mente humana. Nuestro cerebro necesita anticipar, organizar y predecir. Cuando la realidad se vuelve impredecible, como ocurre tras episodios de violencia que irrumpen en la vida pública, el sistema nervioso entra en alerta. Los acontecimientos violentos registrados ayer en el país, tras la captura de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como “El Mencho”, activaron no solo operativos de seguridad, sino también algo menos visible: una reacción emocional colectiva.

Aunque no todas las ciudades se vieron involucradas directamente, el impacto psicológico no reconoce fronteras geográficas.

Desde la psicología sabemos que el cerebro está programado para detectar peligro. La amígdala se activa ante cualquier señal que interprete como amenaza, incluso si esa amenaza es potencial o lejana. Cuando no tenemos información clara o suficiente, la mente intenta llenar los vacíos. Y muchas veces lo hace imaginando escenarios negativos generando: sensación constante de alerta, pensamientos anticipatorios  (“¿y si sigue?”, “¿y si pasa aquí?”) así como alteraciones en el sueño y apetito.

La incertidumbre prolongada produce angustia porque nos coloca en un estado de espera tensa, como si algo pudiera ocurrir en cualquier momento.

En otros tiempos, la información llegaba de manera más pausada. Hoy, las redes sociales transmiten imágenes, audios, rumores y opiniones en tiempo real. El problema es que el cerebro no siempre distingue entre información verificada y especulación.

Cuando consumimos contenido alarmante de forma continua, se activan respuestas fisiológicas de estrés y la necesidad de anticiparse.

Tomemos el caso de San Luis Potosí, que no se vio involucrado en los hechos violentos recientes. Desde un punto de vista objetivo, eso representa una condición de estabilidad. Sin embargo, la exposición constante a información proveniente de otras regiones puede generar en la población una sensación de vulnerabilidad.

Aquí aparece un fenómeno psicológico importante: la ansiedad anticipatoria. No se trata de lo que está ocurriendo, sino de lo que podría ocurrir. La mente intenta adelantarse para protegerse, pero en ese intento puede producir más angustia que prevención.

Este contraste entre seguridad real y alerta percibida muestra cómo la experiencia emocional no siempre depende de los hechos directos, sino de cómo los interpretamos y de cuánto nos exponemos a ellos.

Aprender a tolerar la incertidumbre no significa ignorar lo que sucede. Significa reconocer que no tenemos control absoluto sobre los eventos externos, pero sí podemos modular nuestra respuesta interna.

Algunas recomendaciones psicológicas en momentos de tensión social:

Regular el consumo de información: elegir horarios específicos para informarse y acudir a fuentes oficiales.

Evitar compartir contenido no verificado: cada reenvío puede amplificar la ansiedad colectiva.

Diferenciar hechos de suposiciones.

Practicar técnicas de regulación emocional: respiración profunda, pausas conscientes, actividad física.

Volver a la evidencia presente: preguntarse “¿estoy en peligro ahora mismo?”

La mente busca certezas y desarrollar la capacidad de sostener el “no saber” sin que el miedo tome el control es una habilidad psicológica esencial en tiempos de sobreinformación y alta sensibilidad social.

En medio de contextos complejos, el equilibrio no surge de negar la realidad, sino de aprender a convivir con la incertidumbre sin que esta se convierta en angustia permanente.

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