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Staff / El Mañana
El legendario actor de acción soltó la sopa sobre la tiranía del gimnasio, confesando que cayó en la bulimia y usó sustancias pesadas para marcarse como máquina en sus mejores años.
La mecha se encendió fuerte en los pasillos de Hollywood cuando el mismísimo Sylvester Stallone abrió el baúl de los recuerdos más oscuros para confesar el viacrucis que pagó por mantener esos cuadritos de acero que enamoraron a millones en la pantalla grande. El veterano histrión admitió sin pelos en la lengua que el precio de convertirse en el boxeador más famoso del cine le cobró una factura carísima llena de trastornos alimenticios y obsesiones enfermizas con el espejo.
Durante una charla sin filtros en un podcast internacional, el intérprete de Rambo reveló que durante el rodaje de sus películas más icónicas se metió en un espiral verdaderamente macabro. Confesó que su cuerpo se transformó en una cárcel de vanidad al grado de desarrollar bulimia, ya que su mente no toleraba retener absolutamente nada en el estómago con tal de mantener un porcentaje de grasa corporal microscópico del 2.6 por ciento.
Lejos de andar con rodeos hipócritas como otros divos de la industria, el famoso actor también destapó la cloaca sobre el uso de esteroides y ayudas químicas. Afirmó tajantemente que nadie logra semejante físico de manera natural y que él mismo tuvo que planificar ciclos estrictos de sustancias para sobrevivir a las exigencias visuales de los estudios cinematográficos, aunque eso le destrozara la salud por dentro.
Las reacciones de la chaviza y los fanáticos en las redes sociales no se hicieron esperar, desatando un debate monumental entre quienes aplauden su valentía para hablar sin tapujos y los que se alarmaron por los extremos a los que llegan las grandes estrellas. Muchos recordaron que tanta paliza física hoy lo tiene lidiando con cirugías múltiples en la columna y dolores que no lo dejan ni a sol ni a sombra.
Con más de ochenta años a cuestas y una carrera llena de golpes reales tanto dentro como fuera del ring cinematográfico, Stallone demuestra que la gloria de Hollywood también tiene un lado sumamente escabroso. Una lección de oro que deja claro que el brillo de la fama a veces esconde infiernos que ni todo el oro del mundo puede borrar.
















