Poco antes de iniciar la primavera electoral se eleva la temperatura política y se desatan los incendios, promovidos por los adversarios de quienes se piensa llevan cierta ventaja en su carrera hacia el futuro.
La intención de hacer arder la pradera de lo público no es otra que desactivar las posibilidades de que alguien, por las razones que sean, pueda ejercer el poder absoluto que significa alcanzar la titularidad de un poder ejecutivo.
De acuerdo con el peso del personaje, corresponde el volumen de combustible que se estima suficiente para bajarlo del escenario y mantenerlo lo más lejos posible de la oportunidad de vengarse, lo cual es imperativo si de todos modos el antedicho logra su cometido.
Los pirómanos de la política suelen recurrir al señalamiento directo de alguna responsabilidad o irresponsabilidad que ponga entredicho la moral, ética, solvencia intelectual o capacidad ejecutiva del objetivo a dañar.
El problema para dichos espíritus incendiarios es que el nivel de los ataques no sea lo suficientemente potente y termine por crear una figura emblemática de quien se perseguía su inmolación pública.
Ejemplos, sobran, y en San Luis Potosí hay uno muy visible que a la postre se convirtió en gobernador constitucional del Estado, a pesar de una cadena de señalamientos, acusaciones y actos disfrazados de justicia en contra suya.
Y en estos menesteres, los fuegos de artificio sirven para medir el nivel del entusiasmo o el desánimo que causen tanto los fabricantes de la parafernalia mediática como los participantes del antiguo juego de “los quemados”.
De igual forma, al distinguir la mano que inicia el fuego se pueden advertir las consecuencias futuras de tal acción, y el costo en múltiples sentidos que tendrá la afrenta, porque nadie sale indemne cuando se le encuentran la gasolina y los cerillos en las manos.
Otra de las consecuencias favorables para quienes suelen ser atacados de forma prematura por los ardorosos adversarios, es la atracción del foco de atención hacia el aparentemente inculpado, y la poderosa vacuna que coloca el tiempo a quien resiste los fogonazos.
Sucede que la psicología del mexicano dicta que toda víctima merece admiración y una compasiva empatía, porque la publicidad en todo formato es buena aunque el publicista sea invariablemente malo.
Anticipar fuegos artificiales es desperdiciar pólvora que será necesaria para el momento en que se desate la verdadera guerra, y munición que se moja se pierde y no causa bajas en el ejército contrario.
Así que después de acometer la afrenta resulta obligación estratégica contar con las reservas de fuego de mayor intensidad en la armería, a fin de sostener el ataque frontal que supone la envidia, el escarnio o la acusación.
De otra manera, el personaje al que se intenta ver arder comenzará a brillar.













