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Columna
Ericka Segura.
En política existen errores y existen boomerangs. Los primeros golpean una administración; los segundos regresan con más fuerza hacia quien decidió lanzarlos. Y lo ocurrido con Héctor Serrano y la llamada “Ley Serrano” parece entrar en esa categoría. Lo que inició como un intento por impulsar una regulación sobre inteligencia artificial terminó convirtiéndose en una tormenta política que superó al propio impulsor y dejó a San Luis Potosí exhibido en una vitrina que nadie quería abrir.
La intención pudo haber sido construir la imagen de un legislador moderno, conectado con debates tecnológicos globales y dispuesto a ocupar una bandera innovadora. Pero la política tiene una regla elemental, no basta con pronunciar palabras de moda para comprenderlas ni convertirlas automáticamente en políticas públicas serias.
El problema dejó de ser una iniciativa para convertirse en un espectáculo político. La discusión pública abandonó temas fundamentales como los derechos digitales, la protección de datos o los límites legales de la inteligencia artificial y comenzó a girar alrededor de un elemento más rentable, el error.
Y el error encontró combustible. Porque las burlas no reconocen fronteras. Cuando un escándalo local alcanza medios nacionales e incluso rebasa otros espacios, desaparecen los matices. Afuera nadie distingue si fue una propuesta personal o una posición institucional. Afuera simplifican, “en San Luis Potosí sucede esto”. Y más aún, “el Partido Verde impulsa esto”.
Aunque Ricardo Gallardo Cardona haya marcado distancia y aclarado que la propuesta no pertenece a su agenda pública, el costo político ya tomó vuelo propio. Hoy la oposición encontró un balón sin portero frente al arco. Y mientras unos celebran la oportunidad de atacar y otros buscan contener daños, el debate realmente importante quedó tirado sobre la cancha. Tal vez esa sea la derrota más costosa de todas.














