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En mi casa que es su casa los hombres nos saludamos de beso; privilegio incluido en la membresía del clan sin implicaciones fuera del gesto cariñoso. En el club de los besucones tampoco nos guardamos las lágrimas. Ni una ni otra cosa nos quita ni lo mucho ni lo macho. De alegría o tristeza, solos o acompañados, con el Cigala o la Dúrcal desde un corazón latente y destino reservado. Con las mujeres, un ¿ora qué trais, por qué lloras? o un ¿ora, por qué tan cariñoso? suelen culminar en tragedia.
Nuestra afición futbolera se limita al aire que escasea en los pulmones con el Himno Nacional y a las lágrimas cuando le vamos ganando a Alemania. Me regalaron un jersey verde que me quedó muy apretado; espero alguien lo esté disfrutando en un torneo de emociones encontradas, dirían las psicólogas de la familia.
Un hombre que canta y llora dirá que, en cosa de un ratito, Africa, Asia y Europa disfrutaron tres besos pipos tricolores calidad de exportación.
México, declarado en últimos años, “Capital del desmadre” e “ingobernable”, gracias al pedacito de hospitalidad que nos cedió el Mundial 2026 ha acaparado la atención internacional por la alegría en forma de lágrimas y besos que es capaz de contagiar hasta a los más caralargas. Espíritus creados por los siglos de los siglos brotan como el antídoto contra la tragedia de todo el país desde el drenaje profundo de su capital.
Un pato pisa kilómetros de ajolotes; turistas enamorados ya tramitan su naturalización; ilustres desconocidos hacen volar a más reporteros y servidores públicos que un puñado de influencers y gorrones desde las gradas; el portero de seis mundiales que no logró ser mascota, con 40 años sortea la pluma Bic azul por llegar a viejo; y la ley seca es la pausa de hidratación real.
Cantar y no llorar convierten el amor de en serio y de a deveras en una alegría de guasa; pero lejos de estar peleados, han roto toda barrera en 90 minutos y hecho justicia a propia mano. El pueblo de México mientras canta le mete una goliza a quienes controlan sus riendas sin bajar a la cancha por si les chiflan.
Que nunca falte pecho ni hombro pa depositar el llanto; risa y voz pa mentar madres ni camiseta color corazón mexicano, que pone la mejilla por si los besos muchos o las lagrimitas machas.












